La enfermedad como mensaje

La historia y la leyenda nos dicen que milenios de tradición no pueden estar equivocados. El interés coincidente de múltiples culturas respecto a los efectos curativos del aloe vera resulta igualmente significativo. Las conclusiones de un sinfín de estudios, informes, investigaciones médicas, procedentes de las más diversas fuentes, nos hace pensar que, sin duda, algo tiene el aloe que lo convierte en una planta polifacética con un gran abanico de propiedades curativas y regeneradoras. Sin embargo, hemos de tener cuidado para no sacar conclusiones precipitadas que nos hagan acudir a los múltiples productos derivados del aloe que actualmente invaden el mercado como si se tratara de una auténtica panacea, el tan perseguido elixir de la eterna juventud y la salud garantizada a prueba de bomba.
La bomba antipersona a la que nos enfrentamos cada día de una manera casi subliminal y silenciosa está constituida por todos esos hábitos introducidos en nuestra vida diaria: el estrés y la ansiedad; la carrera contra reloj; la alimentación mal seleccionada y peor digerida, con escasa concentración, exceso de ruidos y actividad envolvente; las pocas o demasiadas horas de sueño; la vida sedentaria o el exceso de movimiento hacia ninguna parte. Cuando nuestra vida no se halla en armonía con su propia naturaleza no es de extrañar que aparezcan dolencias y enfermedades varias, en función de nuestra personalísima manera de canalizar y encubrir tensiones. Y entonces, sin ningún motivo aparente, aparencen las alergias y erupciones cutáneas, la caída del cabello o las canas prematuras, los molestos dolores en las vértebras cervicales o los terribles pinchazos en la zona lumbar, por poner sólo unos ejemplos. Para nuestra sorpresa, de nuevo, la medicina alopática convencional raramente resuelve nuestros problemas, precisamente porque el origen de nuestros males no se encuentra en los síntomas que trata de calmar, sino que éstos tan sólo son el mensaje, la voz de alarma, nuestro cuerpo cómplice avisándonos de que algo marcha mal. Entonces, cuando nos enfrentamos al fracaso de la medicina alopática, suele ocurrir que, en un intento desesperado, volvemos la mirada hacia otros planteamientos terapéuticos alternativos, sin caer en la cuenta de que nos mantenemos en el mismo error original: el hecho de no reflexionar y analizar seriamente nuestros hábitos, nuestras actitudes, la experiencia y la práctica de la vida, en suma.
Supongamos, por ejemplo, que un mal día nos enfrentamos a un problema de psoriasis. El especialista nos asegura que sólo los corticoides atajarán el problema, una solución que no nos convence en absoluto, ya que somos conscientes de los drásticos efectos secundarios de este tipo de tratamiento. Rechazamos, pues, la opción convencional para volver los ojos hacia otros planteamientos médicos alternativos, que nos sugieren, por ejemplo, las infusiones de diente de león y cola de caballo, por sus efectos depurativos, simultáneamente con la aplicación externa de un buen gel de aloe vera.